Secretos (Audio y Lectura)

Audio del Cuento Secretos. Tiempo: 15 minutos . Escuchar en el enlace.

https://drive.google.com/file/d/1Zhiw0y7rLDGul2Yg8oEnLFQzaK3Ib713/view?usp=drive_link

Mi padre fue muy celoso con su llavero. De día lo mantenía en un bolsillo del pantalón y por la noche lo protegía debajo de su almohada. Es más, entraba al baño con él y cuando alguna vez estuvo enfermo mi madre se responsabilizó del mismo. Mis hermanos y yo, lo comprobamos en las cacerías emprendidas sin éxito, para al menos, tocarlo. El llavero era parecido a un librito de cuero café con cremallera y ganchos, donde colgaba la llave de entrada de la casa, la del patio y en especial, la de su clóset. La situación fue exagerada a tal punto que la ropa después de planchada se la dejaban en la cama para ser acomodada por él. Prefería ir a buscar lo pedido por alguien, antes que prestar el llavero. Para mí era innegable la existencia de un misterio oculto ahí.

Pues bien, mi afán por el clóset y el llavero de mi padre bajaba de intensidad cuando, después de llegar del colegio, me entretenía en observar y comparar el interior de la casa con un bosque de árboles maderables. La excesiva cantidad de puertas, mesas, mesitas, aparadores, butacas, espejos con marcos de madera, pisos de diferentes clases así me lo confirmaban. Por esta razón aprendí que, la mesa del comedor estaba hecha con madera teca, pesada, resistente; él me decía que, era la madera ideal para no moverla de su sitio. Sus sillas eran de cedro, olorosas y fáciles de llevar y traer. Aunque para mi gusto el valor artístico y natural era el de las puertas y los clósets. Los miraba por horas y advertía en sus vetas, olas de diferente tamaño entrecruzadas con otras en remolinos convexos, líneas rectas que atravesaban su superficie de lado a lado, o las enormes espinas de pescado que se dibujaban en las puertas, de abajo hacia arriba sin principio y final. Pasaba la mano y sentía su fina textura y calidez, como si tocara la piel de un pequeño animal. Esta obsesión, heredada de él, la completaba cuando se abrían las cortinas y al entrar la luz, sus figuras sobresalían. Me causaba gracia escucharlos decir: “hija, son de roble”.

No obstante, esa fantasía, yo sufría de una atracción delirante por el clóset compartido. Éste tenía tres cuerpos. El del centro lo ocupaba mi madre, el de la izquierda, era público; es decir, donde podíamos encontrar las tijeras, la caja de los hilos y agujas, las pilas o baterías, el algodón, el alcohol, la linterna, los fósforos, las velas, el removedor de pintauñas, ropa de camas, toallas, y lo necesario para un grupo de siete miembros. El de la derecha, con llave, lo usaba mi padre. Jamás lo vi abierto, o por lo menos, no cuando la puerta de la habitación lo estuviera. Después del trabajo, llegaba directo a su clóset, a no sé qué, pero, era parte de su rutina.

A la postre, crecí con la intriga del llavero, de la llave y el clóset de mi padre. La costumbre y la edad me ayudaron a razonar y me dije que, así cómo no había visto su cédula, desconocía cuánto ganaba, o de que enfermedad sufría, podría ser entonces una forma reservada de llevar la vida. Y en ese momento me rendí y no volví a interesarme, hasta creí haberlo olvidado. Con el tiempo nos ausentamos y en los encuentros ese complot con mis hermanos se transformó en chiste y burlas sobre las manías de nuestros padres.  Más bien, les contábamos de las incursiones nocturnas y del acecho infructuoso al que fue sometido ese clóset con el fin de abrirlo y husmear en su interior. Ellos se reían y no percibimos alguna expresión de incomodidad, por el contrario, al ser un tema recurrente en las reuniones y dada su aceptación, estuvimos seguros de que lo disfrutaban.  

Transcurrieron muchas navidades y festejos entre risas, cantos y bailes, en la fresca y amplia terraza, que hicieron de esas veladas algo inolvidable. Nos consideraban como una generación alegre y, además, admirados por parte de los vecinos del barrio. Pese a ello, una noche cualquiera recibí una llamada de un hermano que me dijo: “viaja de urgencia, papá está hospitalizado y quizás no vuelva”. Y así ocurrió. No regresó después de un infarto agudo de miocardio. Fue por decir lo menos una sorpresa. Nos asombramos en tanto lo veíamos de buena salud, hacía mercado, se divertía con sus amigos después de recibir su mesada pensional y ese día, había salido a conseguir quien le arreglara un corto en la conexión del aire acondicionado. A pesar de ese halo de misterio en su comportamiento, fue divertido y cariñoso con nuestra madre a la que acompañaba a dar paseos por las tardes, agarrados de las manos. Y se lo agradecimos en su funeral, aunque fuera demasiado tarde. Después de atender las condolencias y recibir sus pertenencias encontramos el llavero, aquel librito café con cremallera, ahora desgastado y descolorido. En medio de la tristeza nos produjo una infantil felicidad.

Concluido el funeral, mis hermanos y yo estuvimos de acuerdo en cerrar la puerta de entrada para no recibir visitas y abrir el clóset. Mi madre con el argumento de que estaba recién su muerte, o que se hallaba cansada para escarbar en lo ajeno, se resistía. Recordé las veces en que le pedí prestarme la llave del clóset y no colaboró. Entonces, volvieron las sospechas. Seguimos con las conjeturas y al calor de las impertinencias, finalmente nos advirtió: “no esperen cosas muy gratas”.

Probamos todas las llaves hasta encontrar la apropiada. Cuando se abrió la puerta dijimos al unísono: ¡Eureka! ¡Por fin! Acabábamos de entrar al palacio de los fantasmas e íbamos a resolver el enigma de la vida. Nos reímos. Creímos haber ganado la partida superando la obstinación de mi padre. En ese instante, el corazón me latió fuerte y me arrepentí de querer hurgar lo guardado en ese clóset. Sentí, y creo que todos, estar violentando la intimidad de un cuerpo: el de él. Me sobrevino el deseo de la evasión, algo así como dejarlo para después, y empecé a hablarles de cómo sería escarbar en un lugar sagrado, o de leer un diario ajeno para enterarnos de las miserias personales, pero los demás ya no me escucharon, el contagio de la curiosidad los había invadido. Tal vez, fue miedo de derrumbar la imagen paternal y sigilosa que conservaba de él, aunque no existieran motivos para ello. Es extraño, pero la mente y el corazón intuyen sentimientos de difícil ejemplificación.

Mientras lo anterior ocurría, mi madre caminaba sin rumbo en el cuarto. Con su tono suave que parecía susurrar las palabras y su permanente sonrisa hasta en los peores momentos se le veía aturdida. En segundos, con conocimiento del orden de las cosas dentro del clóset y abriéndose paso entre nosotros, fue directo a un cajón de donde extrajo un álbum media carta, de color negro envejecido; lo apretó contra su pecho y empezó a llorar afligida, sobre él. Lloraba más que en el entierro. Pálida y cabizbaja, casi encorvada, se sentó en la cama. Entonces, la vi empequeñecida. Pensé en su actitud como la consecuencia de muchos secretos guardados en la vida.

Mi angustia se incrementó y empecé con avidez a sacar carpetas y documentos médicos entregados a mis hermanos para que leyeran su contenido y nos fuerámos enterando. Una dijo: esto es un seguro de vida y nos reímos de que fuera cierto, ¿en serio?, ¿compró un seguro? Pero si le escuchábamos despotricar de los bancos, dije. Como no lo aceptamos lo dejamos para después; otra expresó indignación por el diagnóstico de la deficiencia cardíaca ocurrido dos años atrás. Quedamos boquiabiertos con la noticia e iniciamos las preguntas ¿tú lo sabías? ¿nos lo ocultaste también? Mi madre con el álbum abrazado estaba transfigurada. No respondió. Seguí en la tarea de desocupar ese clóset y saqué una caja pequeña de madera con carnés, fotos viejas, quizá de sus amigos de infancia y una de nuestra abuela; una alcancía pesada de la antigua caja agraria, un reloj de cuerda, un sobre con dinero en efectivo que decía: para un entierro. Se hizo evidente de que ambos sabían sobre el desenlace fatal, a corto plazo, por su enfermedad.

También encontré un paquete de facturas de servicios públicos pagados durante años, nada extraño pues su frase favorita cada mes era: “esas empresas son ladronas y con esto me defiendo”; asimismo, ropa usada y nueva, más una lista de beneficiarios como el jardinero, el plomero, el pintor, entre otros amigos más, con el nombre del regalo. Aquello se había convertido en una escena de pánico. De repente, al sacar las camisas cayó al suelo una foto pequeña recogida por una hermana. Nos acercamos a mirarla y era de una pareja abrazada con un bebé en los brazos. Mi madre seguía callada con el álbum aferrado a su pecho. Especulamos. Dijimos que era un hermano, pero la foto se veía vieja para ser él. Leímos por detrás de la fotografía: “Para Lucho como prueba de lo que fuimos, con amor, Sofía”. Es más, la tal Sofía, la conocíamos y había ido a la ceremonia a darnos el pésame.

Cuando lo reconocimos gritamos en coro: “es papá y la señora no eres tú”. ¡La miré y acercándome le dije!: ¡Es hora de hablar! Mi madre agotada estaba a punto de desmayo. Pidió un café, se descalzó y abrió el álbum. Entre hipidos nos mostró la segunda hoja con fotografías pegadas y había un espacio vacío. La foto encontrada fue colocada por mi hermana y para asombro de la mayoría quedó exacta.

–¿Qué significa esto? Le dije exasperada. Estábamos frente a otra escena absurda e inédita. ¿En qué momento dejamos de ser lo que éramos, donde, en general, los problemas se resolvían con palabras amables y sin tapujos? Ella se paró de la cama, levantó la cabeza al techo, como modulando una oración y entre dientes dijo: “Lucho llegó la hora. ¡Dios dame suficiente fortaleza!”. Y fue cuando pronunció con energía la frase lapidaria que me acompañará por la vida.

–¡Samantha, no eres mi hija, tu madre es Sofía!

Mi cabeza colisionó como después de un golpe.  O ¿Era otra broma? ¿De esas contadas entre la familia? Esta vez no hubo risas. La abracé. Un calor sudoroso atravesó mi cuerpo. Rápidamente vino a mi memoria los años vividos ahí y no recordé haberme sentido media hermana, o dudar de tener la misma sangre de quien consideraba mi progenitora. También me vi empequeñecida. Resistiendo al dolor por la muerte de mi padre, la noticia me doblegó. Empecé a llorar. Lloramos juntas. Mis hermanos nos abrazaron y abatidos salieron del cuarto.

Entonces aprendí que la muerte nos conmueve, de una manera tan cruel, que los vivos confiesan sus secretos más oscuros.

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8 comentarios en “Secretos (Audio y Lectura)”

  1. Muy bonito relato, en las primeras líneas me transporté al imaginario de mis hermanos, con el abuelo Miguel, quien era carpintero y su casa era un bosque trasformado en piezas muy bonitas y elaboradas. También construía ringleres de papel y pasaba horas mirándolos girar con el viento en la terraza. Luego evoqué a la abuela Blanca quien siempre tuvo las llaves de su cómoda y de la alacena, amarradas con un gran gancho de ropa, dentro del bolsillo y no había poder ninguno para acceder a ellas y abrir esos cajones. En esas épocas , y en especial en nuestra sociedad, todo era un misterio , escondían muchas cosas en secreto …recuerdo uno que ocasionaba mucho miedo y era que la abuela escondía los restos de una hija que murió siendo muy pequeña y eso era suficiente para no querer intentar abrir esas puertas.

    1. Gracias Amanda que historia tan parecida al cuento. Pareciera que la realidad y la ficción están tan cerca y traslapadas que a veces se confunden. Un abrazo sigue leyendo otras páginas de la web.

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