CELESTE

Mi nombre, pensado por papá, era Cielo y mamá le advirtió que cielo era equivalente a bóveda celeste; luego, después, me dirían así cuando creciera; salomónicamente decidió, sin que ella se negara, a llamarme Celeste. Y crecí orgullosa de ese nombre, suave, indeterminado, ni masculino o femenino, como me siento yo. Mis ojos azules, transparentes, casi como invidente, dan cuenta de ello. Tengo abundante cabellera, rubia, nunca la corto. Me gusta peinarla, por delante, en dos manojos, derecha e izquierda. Yo era, en fin, la niña de los ojos celestes de mis padres. Vivíamos en una casona en lo alto de la montaña con grandes ventanales sudados por la neblina del páramo. Con arbustos, tupidos estaba protegida la casa de los animales que se escapaban del bosque para buscar comida. En la parte plana de la granja cultivábamos soja, trigo, había gallinas, cerdos y un gran rebaño de ovejas. Ayudaba a mi madre en esa actividad, pues demandaba tiempo la alimentación, cría y cardado de la lana que después la vendíamos o la tejíamos. No éramos ricos, sin embargo, teníamos empleados. Yo podía salir al poblado en bicicleta, en la carreta, o a caballo. Mis padres se aseguraron de que tuviera una maestra o institutriz, como se dice en los palacios y castillos medioevales.   

Desde mi casa, a lo lejos, se veía la hacienda de la familia Ramatsú. De ellos se conocían las grandes fiestas que daban a la gente importante de la capital. En sus predios, inalcanzables en el horizonte, tenían caballos educados, carruajes, servidumbres, armas y practicaban la cacería, aunque ya se consideraba un deporte poco amigable. Lo sé por mi madre que les trabajaba los días en que requerían personal adicional y nos entretenía con sus detalles sobre la altura de los techos, la variedad de salones con grandes espejos bordeados como en oro, el salón de música con sus instrumentos instalados, el brillo del piso en el salón de los bailes y sobre todo las pilatunas del hijo del dueño, al que llaman el príncipe Ray, cuando en su caballo alazán y salía al bosque, en medio de la bruma, a cazar jabalíes. Tenía tanto éxito, nos decía, que el padre, a quien le decían el rey, le había prometido organizar un campeonato regional de caza para que conocieran sus habilidades. Me divertía oyéndola e imaginaba los cuentos antiguos, de la infancia sobre brujas y hadas. Sin embargo, me advertía que no me distrajera con esas banalidades.  

Había cumplido mis dieciséis años, de felicidad e inocencia, cuando a mi madre le empezó un dolor en el estómago que le recorría el cuerpo; se quejaba día y noche y le daban unos medicamentos o brebajes, fuertes, para dormirla, incluso, dos días seguidos. Se le cayó el cabello y fue aminorando su conciencia hasta llegarle la muerte.  El doctor diagnosticó un mal desconocido. Quedamos tristes y mi padre hacía lo posible para aminorar el padecimiento de su deceso. La institutriz se volvió severa, mandona y si bien, no dormía en el segundo piso con nosotros, a los dos meses del entierro pidió permiso para instalarse ahí, junto con sus tres hijas. Compartía conmigo el cuidado de las ovejas. Se volvió muy especial con mi padre y lo convenció de enseñarme los oficios del hogar mientras que sus hijas descansaban o las atendían los empleados.

En menos de un año mi padre y la institutriz dormían en el mismo cuarto. El aprendizaje mío se hizo permanente y cuando menos sospeché mis manos estaban infladas, las uñas ennegrecidas por el betún para la madera del piso y a cambio de los vestidos, anchos y bordados, ahora usaba delantal. Mi alcoba pasó al sótano, con una pequeña ventana, donde en época de mamá había trastos viejos. Se casó con ella y se convirtió en madrastra. Mis reglas cambiaron al tomarme como ayudante para sostenerles los sombreros, el paraguas y algunas veces hasta amarrar sus zapatos. En mi oscuro refugio lloraba, desconsolada, hasta quedarme dormida. Padre vivía un romance nunca visto por mí. Me distraía viendo desde el cuarto de las hermanastras, aprovechando el momento del aseo, la gente que llegaba a la hacienda Ramatsú.  

Enferma más de tristeza, que, de algo específico, mi padre, quién en medio de todo me quería, decidió enviarme a donde una tía para pasar una semana y mejorara el estado de ánimo. Contenta y distraída quise irme sola manejando la carreta. Conocía el camino y quería recrear mis ideas sobre paseo. Alejada de los predios y cantando apreté el paso de los caballos, estos corrían y corrían por los sembrados y caminos empedrados, cuando no polvorientos, y cuanto más corrían, yo, más alegre me sentía y menos concentrada en la ruta hacia la visita. Mi cabellera desordenada por la fuerza del viento se batía. El fuerte dolor en los brazos por tratar de contener la carreta no fue motivo para dejar de correr. Como era de esperarse (giro inesperado) nos desviamos hacia un camino de cemento. Los animales se descontrolaron y al tratar de frenarlos me hicieron saltar por encima de ellos y fui a dar a una cuneta. Hasta aquí supe de mí.

Me contaron que, en estampida, los animales y carreta chocaron con la puerta de la hacienda de los Ramatsú. Alarmados sus criados, por el bufido, salieron a averiguar y me encontraron unos metros atrás, inconsciente y con moretones en el cuerpo. El accidente se difundió y el rey, como le decían, envió al que llamaban el príncipe Ray para que se enterara de los sucesos.

Hago un paréntesis, al que llamaban el príncipe Ray, era depresivo. Este nombre de la enfermedad lo inventaron años después, pero era lo mismo. Bajo de peso, ausente, echado en los sofás y con un libro medio abierto, a punto de caerse, en donde se sentaba. Parecía el hazmerreír de la hacienda. El rey, como le decían, estaba harto de verlo sin coraje, que ni para la fiesta anual que darían mostraba interés. Le había pedido aprender otro oficio pues, en las épocas de lluvia se quedaba pálido y ausente viendo por la ventana como los árboles cambiaban de color.

Pues bien, llevado por la curiosidad, la cantaleta del padre y una fuerza sobrenatural (necesaria en estos casos) Ray el príncipe, como le llamaban, fue a cerciorarse de la tal huésped que causó revuelo en los pasillos. Unos decían que fue a propósito, otros, que me quería suicidar y cada persona tenía una explicación a tan insólita y vergonzosa situación. Cuál sería su sorpresa al entrar a la habitación que la luz brillante de mi cabellera rubia lo deslumbró dejándolo paralizado en la puerta. Dicen que se agarró de la pared para no caerse. Las criadas se esforzaban en friccionarme, la frente, con paños de agua tibia para los escalofríos. Estuve delirando ese día y la noche. Afirmé haber ido a una fiesta con un vestido de muselina como el cielo, en ella canté, dancé, y lo hice en la cama con pequeños movimientos de los brazos, e insistentemente pregunté por mi zapato transparente dejado en las escaleras al salir corriendo de la fiesta. Además, angustiada pedía que el carruaje elegante, parqueado al frente del palacio, no me dejara ya que se acabaría pronto el embrujo y quedaría la farsa al descubierto.

Ante esa sarta de enredos el que llaman príncipe Ray ordenó traer un médico que me hiciera despertar de una vez. El doctor evaluó mis dolencias y diagnosticó estrés pre-traumático. Es decir, que ya lo traía. Me hizo tomar una pastilla con agua. Y dichas sus palabras, sonó el gran reloj del salón y marcó, con sus campanadas, las doce de la noche. De un salto me senté. Pregunté por mi tía. Se miraron. Nadie dio respuesta y solo se oían las carcajadas del que llaman el príncipe. Somnolienta y aturdida pude ver, ahí, de frente, que era el parejo del baile de la noche impensada. Pedí explicaciones. Me respondieron que padecía la enfermedad diagnosticada y el caballero, no dejaba de reírse, asimismo, no se iba de la habitación y yo tenía urgencia de ir al baño. En el instante recordé sus palabras en el baile “eres mi Cenicienta” y yo grité: ¡No!, me llamo Celeste e iba a visitar, por una semana, a mi tía ¿qué hago acá? Se rieron.

Es difícil de explicar y contar la realidad real. Pues se pensará que son inventos míos, falta de oficio y otros, más prudentes, dirán que es ficción. Y no. No es ficción. Tanto así que se sentó al borde de la cama y después de conversar un rato me propuso ser su pareja en el baile que daban en una semana en la hacienda Ramatsú. Le dije que lo pensaría pero que me dejara quedar unos días en su hacienda para restablecerme del impacto de la caída.  

Me integré a la organización y como no había teléfono mi padre no se enteraría. Se ordenó preparar un bufé con viandas de la región, quesos, aceitunas, pollo, pavo, cordero y vino. Contrataron a un profesor para ensayar la coreografía del espectáculo de medianoche, u hora mágica, como le llaman hoy. La casona Ramatsú cambió su rutina por el aseo esmerado, limpieza de adornos y embellecimiento de jardines. El sastre y modista vinieron de la capital para hacer los vestidos. Fueron días de trabajo, camaradería y felicidad.  

La noche de la fiesta estábamos radiantes. Bailamos, comimos y no dejaba de pensar en las doce campanadas. Después de algunos vinos, Ray, ya lo trataba así, en medio de los asistentes tocó la copa de vino con el tenedor, hincó una rodilla y me dijo: Celeste, “eres mi Cenicienta” ¿quieres pasar el resto de tus días conmigo?

¡No podía ser! ¡Eso solo se ve en los cuentos de hadas y ya estamos en el siglo XXI!

¿O será que todavía sucede?

PD: Y COLORIN COLORADO ESTE CUENTO SÍ HA TERMINADO  

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10 comentarios sobre “CELESTE

  1. Acabo de leer Celeste, historia amena donde se relata cuento del pasado traído al presente , interesante y me atrapó. La pregunta es ?? Todavía se ven estas historias ???

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  2. Soy una privilegiada de la vida, porque tuve la oportunidad de que la autora me leyera personalmente frente a una copa de vino, su relato sobre Celeste. Es un privilegio tener en mi vida a una escritora que escribe con tanta coherencia, como mi gran amiga Martha… Que Dios te bendiga por siempre y que sigas impulsándome a soñar con tus escritos día a día.

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